Un clásico: hummus (del de toda la vida)

Aunque ahora casi todo el mundo sabe prepararlo y es un habitual en comidas, picoteos y refrigerado en muchas baldas de supermercados, no hace tanto que el hummus era una rareza que se consumía en restaurantes árabes o en los puestos de kebaps y shawarmas que empezaban a florecer por las ciudades. A mí de hecho esta recetita tan sencilla me la cantó una compañera de trabajo libanesa, y en aquel momento pensé algo así como “vi la luz”. Es tan fácil que hasta me da apuro bloguearla, pero es una solución muy buena para un picoteo entre amigos, sobretodo cuando hay vegetarianos-veganos en la mesa.

El hummus, si con moderación, es una sanísima costumbre debido a la riqueza en nutrientes de sus pocos ingredientes. Nos aporta proteínas, hidratos de carbono y grasas de alta calidad biológica, fibras solubles, moléculas antioxidantes, vitaminas del complejo B, ácido fólico, calcio, fósforo, hierro y magnesio. Todo esto lo convierte en un buen aliado en el control del colesterol, enfermedades cardiovasculares, en la regeneración celular de los tejidos, estreñimiento, y para prevenir malformaciones durante el embarazo. Por lo que leo, ademas, comer hummus produce serotonina, la hormona de la felicidad (igual que los antidepresivos). Así que…un poco de alegría en la mesa, ¡olé!

Sin más rollo ahí va la receta, ¡espero que os guste! 🙂

Hummus

INGREDIENTES:

500 gramos de garbanzo cocido (mejor sin piel)
Dos cucharadas soperas de tahini
El jugo de medio limón grande o uno entero pequeño
Un diente de ajo
Aceite de oliva virgen
Sal marina

PREPARACIÓN:

Triturar en la licuadora o batidora eléctrica los garbanzos, tahini, jugo de limón, una cucharada de aceite de oliva, el diente de ajo y la sal marina.

Cuando todo esté bien ligado probar de sabor y corregir de sal, limón o aceite si necesario.

A mi me gusta prepararlo con unas pocas horas de antelación y dejarlo reposar en la nevera. En el momento de servir lo esparzo en el plato o cuenco, añado un chorretín de aceite de oliva virgen en el centro y espolvoreo un poco de pimentón de la Vera (o paprika).

Aguanta varios días en la nevera, y en una ocasión se me acumuló tanto que tuve que congelar un poco. Obviamente nunca estará igual, pero tiene una descongelación muy digna 😉

Y ya está, listo calisto, ¡buen provecho! 😀

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